Muchas veces quise hacerlo y no me atreví. La verdad es que me
atemoriza que hubiera otras personas que vivieran una experiencia
similar con alguien tan tóxico y absorbente. Lamentablemente,
compartimos espacios en común; además, aquel sujeto es conocido de
amigos míos.
Quiero recalcar que llevar a cabo este testimonio me
llevó dos años. Si no lo hice antes fue necesariamente porque no me
gusta verme expuesta, además de que recibía extorsiones por parte de él.
Es más, muchas veces él mismo me hacía creer que estas conductas debía
normalizarlas. Hasta un par de días seguíamos bajo una «relación» la
cual duró tres años. Desde un comienzo la relación fue intensa y
reiteradas veces notaba conductas que me hacían intuir que algo no
estaba bien en él. La primera conducta insana que recibí por parte
de él fue en noviembre de 2015 cuando lamentablemente transgredí su
privacidad por mí inseguridad corporal ya que él estaba completamente
obsesionado con las chicas que correspondían a un canon «delgado». Al
plantearle aquel tema, dentro de la madrugada, salió de control y lo
primero que se dignó a hacer fue a lanzarme un vaso, apuntando a mi
cabeza. Este impactó la pared. Estábamos solos en su hogar (vive con su
madre y esta había salido). Me sentí totalmente vulnerada. Él
comenzó a gritarme y me echó de la casa en un horario en que me podría
haber expuesto a un daño (yo vivía a una distancia considerable de él).
No sabía qué hacer, así que sólo intenté calmar la situación para que
esta no saliera de control. Al rato, llega su madre y lo único que atina
a hacer fue contenerlo y justificar su conducta mientras él lo único
que hizo fue llorar y gritar: «¡ESTÁ LOCA! ¡ESTÁ LOCA, QUIERO QUE SE
VAYA DE ACÁ!». Claramente su madre no me iba a exponer a que me
fuese de su casa a las 04:30 AM. Comenzó a escudarse aduciendo que
estaba mal y que debía buscar ayuda externa porque claramente él no
estaba bien. Ahí fue cuando decidimos tomar distancia por primera vez y
empieza una terapia con psicólogo. Estuvo asistiendo a sesiones más de
dos veces por semana, lo cual me alarmó y me hizo entender que él ya no
estaba en óptimas condiciones. Sin embargo, aquellas conductas
fueron aumentando con el tiempo y las normalicé. Quizás fue por temor.
En realidad, hasta ahora me perturba la razón de mi tolerancia.
Luego de plantearle aquellas inseguridades que me acongojaban,
comenzaron sus reiterados abusos tanto a nivel físico como psicológico.
Esto comenzó cuando noté que él revisaba constantemente perfiles de
otras chicas de manera frecuente, a un nivel obsesivo, y su
justificación era que yo estaba completamente enferma y que estaba
afirmando cuestiones que distorsionaban la realidad. Cristian
retoma sus estudios en 2016. Entra a Pedagogía en Filosofía. En aquel
entonces yo me encontraba en proceso de terminar la enseñanza media, lo
cual nos hizo estudiar relativamente cerca. Él se negaba
constantemente a que lo fuese a buscar después de clases porque decía
que yo lo disminuía intelectualmente. En muchas oportunidades me dejaba
esperando, entre una y tres horas, fuera de su casa de estudios. Cuando
llegaba y me veía quebrada debido a mi espera, lo único que hacía era
gritarme o hacerme sentir peor de lo que ya estaba, diciéndome que era
una inútil, inclusive una fracasada. Estas conductas de violencia
implicaron que dejará de estudiar, lo que me llevó a tomar un
tratamiento con una psiquiatra, la cual me diagnosticó trastorno
limítrofe de la personalidad (más conocido como Borderline). Si bien
desconocía por completo lo que esto significaba, entendía que era
necesario que contara con una red de apoyo estable. Por ende, Cristian
resultó ser un elemento insano en mi plano cotidiano. Al normalizar
este tipo de conductas —debido a que me sentía completamente sola—, me
vi totalmente agobiada y frustrada. Esto me llevó a que dejara mi
enseñanza media inconclusa. No tenía ánimos de levantarme, mucho menos
quería salir de mi habitación. Estaba esperando netamente su apoyo. Este
proceso implicó que cayera en una anorexia, además de problemas de
insomnio y que me dieran reiteradas crisis de pánico. Alguna vez creí
que él podría haber sido un buen elemento en mi vida, mas resultó ser
aún más dañino. Cada vez que le escribía, lo único que hacía era
responderme para caer bajo una dinámica de manipulación sexual, la cual
era un juego para él. Esto hacía que yo saliera de mi habitación una vez
por mes, ya que estaba totalmente al margen de ambientes sociales.
En agosto comencé a notar que él estaba llevando una vida paralela a
nuestra relación y que no sólo mentía, sino que además les comentaba a
sus propios amigos (del círculo de tocatas) que se sentía bien al
hacerme sentir mal, inclusive terminando conmigo para luego volver. Él
tocó en Desintegración-Asco, Nervios y My light shines for you, con lo
cual vendía cierta imagen de postura política y de adherencia a la idea
del «hazlx tu mismx». En aquel mes, decidí acompañarlo a una tocata y
nos quedamos donde un amigo. Hasta el momento, todo iba bien. Al día
siguiente (aún recuerdo que era domingo), fuimos a una okupa que está en
Rondizzoni, donde estuvimos compartiendo con un grupo de amigos
«cercanos». En la madrugada tuvimos que dormir en un sillón que estaba
en living y un simple comentario de inseguridad ante la situación lo
alteró a un nivel desorbitante. Me golpeó desenfrenadamente. Dejó mi
pómulo morado y mis brazos marcados. Arrancó parte de mi cabello.
Recuerdo a grandes rasgos aquel episodio, pedí reiteradas veces ayuda y
ninguno de sus amigos accedió a brindarme apoyo ante esa violencia. Los
testigos fueron Oscar, Deno y Vicho. Durante la mañana siguiente, ellos
ni siquiera tuvieron la humanidad de preguntar cómo podía ser que
tuviera mi rostro con lesiones. Recuerdo que Cristian estaba
totalmente exasperado debido a su comportamiento y me rogó que no lo
expusiera ni que mucho menos hiciera algo, ya que su vida se podía ver
totalmente quebrada. Aludía siempre netamente a su bienestar, sin
empatizar con lo que me pasaba ni lo que provocó. Al llegar a casa, mi
madre me preguntó de inmediato qué me había pasado y por temor —y por
querer protegerlo porque creía que lo «amaba»— aludí a que había sufrido
una crisis donde me agredí a mí misma. Al llegar a mi habitación me
vi totalmente angustiada. No quería salir nuevamente. Él resultaba ser
indiferente a mi estado anímico, hasta que nuevamente volvió a aquella
dinámica de todos los meses para así caer en su juego de manipulación
sexual. Cabe añadir que su madre comenzó a generar un recelo
bastante maniático conmigo. Me llamaba y amenazaba por creer que yo
estaba agrediendo a su hijo de manera psicológica y física. Es más, en
reiteradas ocasiones me discriminó por vivir en un barrio totalmente
humilde y sin pretensiones burguesas como a la que ella cree pertenecer.
Así nos negó por completo poseer un espacio para nuestra intimidad.
La primera semana de septiembre decidimos quedarnos juntos, pues
claramente lo extrañaba y creía que podría ayudarme a salir de este
período oscuro. Acepté pasar la noche con él. Cuando se quedó dormido,
encendí su notebook para ver anime y noté que tenía en su «Inicio» del
navegador el Instagram de muchas niñas. Además, frecuentaba NIDO.ORG
(PÁGINA QUE TODOS SABEMOS QUE TIENE CONDUCTAS ABORRECIBLES HACIA LAS
MUJERES). Lloré de desesperación. Esto lo hizo despertar y actuar
nuevamente de un modo violento. Creo que aquella instancia fue una
de las más fuertes porque además estaba bajo otro tipo de efectos: había
consumido cocaína y vodka. Lo primero que hizo fue tomar el celular que
me había regalado mi madre hace un par de días y lo quebró.
Lamentablemente, eso fue nada frente a lo que sucedería. Luego,
desaforado y fuera de control, me quemó el rostro con un cigarrillo y me
golpeó reiteradas veces la cabeza. Me encontraba indefensa ante el
shock de la situación. Cristian estaba tan desbordado que salió de su
casa a las 06:30 AM y preferí seguirlo para que no estuviera en peligro.
Yo solo quería procurar su bien a pesar de todo y creía que era la
medida más sensata que podía tomar luego de aquel episodio. Al
seguirlo, me escupió el rostro delante de una patrulla de carabineros en
República, quienes no tuvieron ni la mínima motivación en hacer algo al
respecto, mucho menos detener lo que estaba haciendo. Recuerdo que
llegamos al GAM y ahí nuevamente me escupió y me tiró el pelo. Ahí una
chiquilla se acercó y me dijo que no debía tolerar que él me humillara y
que mucho menos debía empatizar con su estado porque cada vez que
ocurría un cuadro de violencia, este tipo de personas se victimizaban
con sus amigos y familiares, de que era yo quien lo hacía salir de
control y que era la culpable de cada uno de sus malestares, tanto a
nivel interno como corporal (él, además, tenía trastornos de anorexia).
Esto me hacía entrar en cuadros de intensa tensión emocional, ya que
sentía la completa culpa del tormento que él vivía. Después de unas
horas llegué a casa totalmente desgastada, sin saber en qué situación se
encontraba él o si realmente caería en una dinámica evasiva. Me negué a
ser indiferente y preferí conectarme. Ahí fue cuando recibí un mensaje
por aquel grupo de amigos en común que teníamos ambos. Me dijeron qué
iba hacer durante la noche. Luego de aquel episodio no podía ni
levantarme. Al día siguiente uno de ellos me menciona que habían ido a
Blondie donde había estado consumiendo cocaína con otra niña. Esto no
hizo más que ahondar mi devastación emocional. Él y yo no teníamos una
relación abierta, por ende, me sentí sumamente pasada a llevar. A
partir de estos episodios su violencia fue aumentando. Cada vez se
negaba más a verme en mi estado, y reiteradas veces me golpeaba sin
motivo alguno justificándose en que yo lo estaba enfermando, y que
además no podía fallarle a su madre, quién rechazaba totalmente nuestra
relación. A finales de diciembre mi hermano mayor decidió que debía
irme de Santiago por mi estado y que no era óptimo que siguiera así.
Acepté irme vivir a Antofagasta. Como seguía con este sujeto, llegamos
al acuerdo de mantener una relación a larga distancia. Ni siquiera el
primer día que llegué a Antofagasta recibí calma. Es más, lo primero que
hizo fue salir sin siquiera preguntarme cómo había llegado ni en las
condiciones en las que estaba. Ahí tuve una de mis primeras crisis de
pánico. Mi hermano mayor no entendía cómo ayudarme. Contener a alguien
en ese estado no resulta ser un trabajo sencillo. Aún recuerdo que
Cristian debía irse de gira al sur y lo único que me pedía era mantener
cibersexo. Tiene notables problemas de masturbación y podía llegar
hacerlo más de 30 veces durante la jornada, problema directamente
relacionado con los problemas de impulso y autocontrol que él posee.
Muchas veces me sentí asqueada por tener que hacer este tipo de
cuestiones, no entendiendo si estaba correcto, lo cual me arrastró a
caer en dinámicas sexuales-afectivas que hasta el día de hoy me pesan.
En medio de nuestras conversaciones le mencioné que no me sentía bien
estando tan lejos, que en realidad yo sabía lo que necesitaba: tener
estabilidad y calma, que me gustaría mucho que él me brindara elementos
de confianza para sentirme estable estando tan lejos para retomar mi
vida normal. Lo primero que hizo cuando le mencioné esto fue decir:
«MARACA CULIA, TE VOY A DEJAR, ESTAÍ ENFERMA, LOCA, VOY HABLAR CON MI
FAMILIA PARA QUE DESTRUYAN TU VIDA, ERÍS UNA GORDA ASQUEROSA, NI
SIQUIERA TENÍS CAPACIDAD EN EL PLANO INTELECTUAL, FRACASADA» (sic).
Fueron comentarios hirientes que, de tan sólo pensar en cada uno de
ellos, me destrozan el alma. Eso gatilló severos problemas de
inseguridad en mí. Me sentí tan mal, tan impotente de haber tolerado
cada uno de estos tratos, que para que se tranquilizara le dije que si
no detenía estos patrones de violencia tomaría medidas al respecto, una
de estas fue «funarlo». Cuando le comenté esto, entró en pánico, evadió
su responsabilidad al respecto aludiendo a causas externas, como un
abuso que recibí durante mi infancia y problemas que poseía a nivel
íntimo, como método de manipulación. Si bien le escribí a la
Secretaría de Género de la universidad, me sentí totalmente insegura de
seguir con esto, así que preferí dar de baja aquel testimonio. En
realidad, la razón era que sentía muchísimo miedo: a pesar del daño,
empatizaba con su dolor. Él estaba mal, y sentía que debía empatizar con
él, porque es humano y todos merecemos empatía por el sólo hecho de
tener dignidad. No pude tolerar estar tan lejos y mi hermano mayor
decidió que volviera a Santiago. Lo primero que hice fue contactar a
Cristian para que conversáramos, la verdad es que cuando nos reunimos ni
siquiera me contuvo, solo me golpeó y dijo que era una «POBRE HUEONA,
PATÉTICA» (sic). Me ofreció viajar fuera de Santiago con la finalidad de
que esta relación acabara, mas seguía sintiendo temor. No entendía qué
estaba ocurriendo con sus conductas ni mucho menos la razón de pedirme
cuestiones que serían mucho más dañinas para ambos. Era totalmente
irracional. Todo esto me impactó a un nivel que me hizo cuestionar mis
propias conductas: me volví totalmente sumisa y accedía a todo lo que él
me pedía. Su familia ni siquiera le costeaba sus cosas y me exigía
pagarle: comprarle drogas, ropa y suplir cada uno de sus caprichos.
Calculando todo lo material que le he entregado, hasta ahora gasté $
3.000.000 aproximadamente en él. En febrero de 2017 realizamos ese
viaje. Al principio se veía neutral, lo cual me hizo sentir en
confianza. Llegando a Pichilemu, lo primero que hace Cristian fue
drogarse e intentar violarme. La verdad es que yo no quería intimar y me
hostigó durante más de tres horas. Me tomó de los brazos. Le rogaba que
se detuviera. No lo hizo. Estuve llorando toda la madrugada por aquel
acto. Con el paso de los días lo único que me pedía era que comprara
vodka, vino y otro tipo de sustancias porque lo único que pretendía era
evadirse. Ni siquiera salía de la habitación: lo único que hacía era
estar todo el día encerrado consumiendo y maltratándome. Cada vez que
quería hacer una llamada pidiendo ayuda me quitaba el celular. Incluso
se hizo pasar por mí en internet para simular que todo estaba bien.
El último día de este viaje resultó ser traumático, de esos eventos que
dejan marcas para el resto de la vida. No puedo olvidar aquella jornada
donde él lo único que hizo fue humillarme en aspectos familiares, y
cuando me comenzó a besar me decía que no quería y luego seguía para
hacerme creer que yo estaba abusando de él. Ahí fue cuando me tomó del
pelo y comenzó a pegarme patadas en mi zona genital además de zurrarme
por completo. Cada vez que me golpeaba, lo hacía sin atisbo de empatía
ni interés en calmarse. No sabía cómo frenarlo. Le rogaba llorando que
mi cuerpo ya no daba más, que no tenía energías, que podría pasarme algo
y ni siquiera eso lo hacía reaccionar. Recuerdo que me quedé dormida
con aquel dolor y que ni siquiera podía pararme. Me despertó temprano
para ver cómo estaba. Haciendo cómo si nada pasara, me dijo: «Tienes
morado. Tu familia no te puede ver así». Debimos quedarnos dos días
fuera de mi casa, estando en Santiago, ocultando aquella conducta, él se
iba a casa durante todo el día mientras a mí me dejó sola en una plaza
con todas mis cosas y en un estado de vulnerabilidad que no le deseo a
nadie. Recuerdo la última noche en que recibí una propuesta que él
me obligó a aceptar: vender fotos vía internet. Me sentí totalmente
pasada a llevar y no entendía nada. Lo único que quería en ese momento
era un abrazo y, al contrario, se salió de control de una manera tan
aberrante, tan asquerosa, tan inhumana y tan denigrante, que sólo
recordarlo me produce un dolor desgarrador y una pena infinita. Me tiró
al piso, me orinó la boca mientras me gritaba que era una puta
asquerosa. Entré en shock. Estaba temblando, no tenía habla, no podía
hablar. Mientras estaba en el piso, me golpeaba incesantemente. En un
momento al parecer notó que su conducta era irreparable, por lo que
decidió arrastrarme a la ducha, mientras lloraba. Empezó a bañarme y
lavarme los dientes, porque sabía que aquel acto de descontrol había
transgredido los límites. Luego de aquello me acostó y comenzó a
tocarme, yo estando aún paralizada, impotente, sin poder hacer nada.
Mientras yo lloraba, Cristian me tocó, me forzó y me penetró. Aquella
jornada no dormí. No podía entender por qué él debía actuar bajo
violencia. Al salir de aquel espacio, empezó a normalizar su conducta,
diciéndome que fuéramos a almorzar, pues debíamos terminar (en sus
términos, claro está). Mi familia en ningún momento tuvo
conocimiento de estos hechos, ni del estado en el que me encontraba,
mucho menos de las conductas que Cristian tenía conmigo. Siempre lo
oculté porque sabía que algo así podría «destrozar su vida» —como tantas
veces me decía llorando para victimizarse— y, a pesar de que
efectivamente él lo hacía expresamente para manipularme, también
guardaba la esperanza de que no fuera necesario tener que llegar a esos
extremos, que pudiera cambiar y dejar todo lo terrible en el pasado.
Tenía fe en que se pudiera redimir, en la esperanza en una vida nueva.
Preferí desconectarme y no mantener contacto con nadie, hasta que por
desesperación preferí hablarle. El haber vivido una cuestión así me
hacía entrar en un cuadro de angustia que ni yo comprendía. Él accedió a
verme, y nuevamente me utilizó para tener sexo y que comprara
sustancias para él. Comenzamos a contactarnos una vez por mes mediante
correo, en los que, básicamente, me decía que no le estaba yendo bien en
el plano académico. Esto era totalmente falso. Yo había retomado mis
estudios y lo veía constantemente cerca de donde estudiaba, compartiendo
junto a sus compañeros. En abril de aquel año, había recién retomado
algunos vínculos y decidí salir. Claramente no tenía mayores intenciones
de hacer grandes cosas ni evadirme. Sólo quería distraerme un poco para
botar las malas vibras. Si bien se presentó la oportunidad de estar con
un tercero, esto se hizo saber de inmediato por fuentes cercanas de
amigos de él, quienes también normalizaban su violencia y, dentro del
grupo, omitían mención o existencia de esta. Estas personas tenían
conocimiento de que él se involucraba con otras chicas. Lo primero que
hizo Cristian al enterarse de que una persona se me había acercado, fue
contactarme para decirme que esto supuestamente lo había destrozado a
nivel anímico y académico. La verdad es que preferí mantenerme al margen
porque recién estaba despertando de mi alienación. Se volvió totalmente
insistente respecto a su estado, por lo cual me acerqué a su casa de
estudios para poder contenerlo. Cuando finalmente me reuní con él,
descubrí que no era más que otra de sus manipulaciones para caer en una
dinámica de violencia y aprovechamiento sexual. Me sentí tan mal conmigo
misma, que me defendí. Por primera vez tuve el valor de enfrentarlo y
debido a mi osadía de hacerle el frente, él volvió a ejercer toda fuerza
en contra de mí, por lo cual debí golpearlo para irme. Pasaron
alrededor de dos días y me contactó y lo primero que hizo fue
insultarme, porque su ojo estaba supuestamente morado. La verdad es que
en ningún momento pretendí ejercer ningún tipo de violencia, sino
simplemente protegerme de sus abusos. Luego de aquel incidente, Cristian
comenzó a mentir y hablar mal de mí con sus compañeros, manipulando la
situación, dando a entender que era yo quien ejercía la violencia en la
relación. Por lo que percibí, le creyeron. A ninguno se le ocurrió
cuestionar ni su actuar ni su discurso. Decidí cortar el contacto,
hasta comencé a tener náuseas durante las mañanas y un notable cambio a
nivel corporal, entendiendo que en aquel entonces estaba sumamente
delgada por anorexia. Tuve que hacerme dos test de embarazo los cuales
arrojaron de inmediato positivo. Mi cabeza se veía totalmente bloqueada y
sin poder procesar lo que ocurría. Yo sabía que había tenido relaciones
con él y que además no usábamos los métodos de cuidado. Preferí
contactarlo, y lo primero que hizo fue denigrarme como persona y
disminuirme emocionalmente. Recuerdo que aquella jornada decidí ir a
buscarlo la universidad y una compañera de él fue la única que me brindó
un abrazo. Llegando a casa, le expliqué que debía ir a un médico. Él se
negó a ayudarme tanto económica como emocionalmente. Le mencioné a mi
madre que estaba viviendo una etapa totalmente perturbadora y que no
sabía qué hacer. Estaba llorando prácticamente todos los días y no me
podía levantar. Cristian en reiteradas veces me obligó a buscar otro
tipo de alternativas, las cuales me negué por completo. La verdad asumo
que una nueva existencia requiere de mucho y que estas eran las peores
circunstancias para crear una, pero aun así sentía que esto era una
nueva oportunidad para cambiar el tormento que había recibido por parte
de él. Cuando fuimos a hacerme la primera ecografía, Cristian
comenzó a vomitar y me decía que era totalmente asqueroso ver aquello.
Es más, hasta el mismo ginecólogo le dijo que mejor se retirara si iba
estar así. Al salir de la sesión me quebré y no dejé de llorar. Él me
golpeó muy fuerte en el vientre y comenzó a gritarme que ese hijo no era
suyo y que, paradójicamente, si lo tenía me lo quitaría, que buscaría
todos los medios posibles para arruinar mi existencia, ya que posee un
estatus socioeconómico acomodado. Debido a estos episodios violentos
y la carga emocional que llevaba arrastrando por todo lo que viví
durante estos últimos años, el cuerpo me pasó la cuenta y tuve una
pérdida. No podía soportar tanto dolor y tanta pena. Cristian me dijo
que lo intentáramos. Él claramente me vio vulnerable y, aprovechándose
de mis esperanzas y de mi apertura a ayudarlo, finalmente accedí. Al
momento de la pérdida, me contacta por Facebook y me llama, insultándome
y entonces comienzo a sangrar, mientras él está deseándome que ojalá me
muera, gritándome que era una maldita puta. Mi madre notó la situación y
me quitó el celular, y se preocupó porque debíamos ir a la clínica. No
entendía el motivo de Cristian de querer tratarme así cuando realmente
estaba en riesgo mi vida. Al tiempo después, mientras me estaba
recuperando, accedí a salir con él. En aquella jornada nos reunimos en
Los Héroes y fuimos a la biblioteca de su universidad. Si bien, se
notaba calmado, me abrazó y se puso a llorar diciendo que él era un
«monstruo» y que no volvería a comportarse de un modo «violento».
Por primera vez vi un atisbo de arrepentimiento de su parte y creí que
quizás era señal de que las cosas empezarían a mejorar, pero al final el
patrón se repitió nuevamente, de manera gratuita, sin motivo alguno.
Muchas veces creía que todo esto era mí culpa y eso me hacía entrar en
pánico: pensaba que yo era el problema. Cristian reiteradas veces
comenzó a insultarme en la calle porque supuestamente yo andaba mirando
otros individuos, ahí me tomaba la mano y me la apretaba con fuerza
desmedida, me pellizcaba la cara o me tiraba el pelo. Ahí deriva una de
sus primeras crisis donde se empieza a golpear él mismo y rompe su
polera, lo cual me hace entrar en estado de alerta, sin saber cómo
reaccionar o ayudarlo. Tuve que frenarlo reiteradas veces en la calle
porque salía corriendo y me tiraba piedras. Lamentablemente dejé que
estas conductas se repitieran hasta este año. En enero comencé a
establecer contacto con otras personas. Esto lo hizo entrar en un cuadro
de inseguridad. Me empezó a reprochar que no podía dejarlo y que además
yo lo había enfermado. Después de este episodio se molestó al enterarse
que había empezado un lazo de amistad con un sujeto que resultó ser su
ayudante en la carrera. Su reacción fue morderme la pierna y dejarme
morado. En junio su madre se fue al norte y Cristian quedó solo.
Con esta excusa me invitó a quedarme en su hogar un fin de semana. El
día viernes comenzó a revisar mi celular y me estaba pidiendo
explicaciones sobre un contacto, quien resultó ser un amigo que a él le
provocaba celos, por lo que no me atrevía a confesar quien era. Él, en
un acto de desesperación, comienza a golpearse la cara, termina
sangrando y empieza a esparcirla por su cara. Después comienza a pegarme
puñetazos en la cabeza. En medio de esto, tocan el timbre. Habíamos
hecho un pedido de comida rápida y justo había llegado la entrega.
Cristian, lejos de tranquilizarse, comienza a gritar y me arrastra del
pelo hasta la puerta para que yo lo atendiera. El joven del pedido me
notó angustiada y en pánico. Cristian, al notar que me estaba demorando,
salió a verme con toda su cara ensangrentada. Esto espanto al tipo y se
fue corriendo. Al entrar a casa me lanzó tres vasos, me tomó de los
brazos y me encerró en el baño. Con el rostro totalmente desfigurado y
ensangrentado, me decía que me amaba y que me iba a matar. Mientras
estoy en el baño, desesperada, él va a la cocina buscar un cuchillo
grande —con el que me amenaza— y loza para arrojarme. Al volver al baño,
Cristian me empuja a la tina y comienza a tirarme loza en la cabeza, lo
que me deja inconsciente. Al despertar, noto que sigue golpeándome el
busto y las piernas. Me seguía diciendo que me iba a matar y que luego
se suicidaría. Ahí mismo fue cuando se cortó todo el pecho y los brazos
delante mío y luego me puso el cuchillo en el cuello. Yo, aterrada, me
oriné ahí mismo. Después de esto, Cristian me mantuvo secuestrada en una
habitación durante 24 horas, hasta que pude escaparme el día domingo.
Al día siguiente tenía clases. A pesar de estar pasando por una crisis
horrible asistí, pero un mínimo acto me sacó de quicio y arrojé una
botella de vidrio a la pizarra en plena aula de clases. Era evidente que
la violencia que Cristian estaba ejerciendo sobre mí estaba afectando
mi manera de ver y relacionarme con el mundo. Decidí retomar mi
tratamiento tanto con psicólogo como con psiquiatra. El psiquiatra notó
que podía estar estable sin medicación y que solo necesitaba una
psicoterapia para estabilizarme, pero también notó que lo que me hacía
entrar en estos estados al borde de la psicosis eran culpa y
responsabilidad de Cristian. A pesar de sus advertencias, a estas
alturas Cristian me había forzado a un tipo de dependencia muy difícil
de combatir. Lo seguí viendo, y cada vez que nos veíamos, notaba que en
su mochila traía cuchillos y tijeras. Siempre que se alteraba se cortaba
delante de mí, esto ocurría tanto en lugares públicos como privados.
(Es importante recalcar que estoy contando los hitos más graves, pero
constantemente había abusos, manipulaciones y gaslighting, donde trataba
de revertir todo, haciéndome sentir a mi como la única y terrible
culpable de su estado abyecto y de mi desconexión la realidad.
Constantemente me hacía sentir que estaba loca o fuera de sí, manipulaba
las situaciones para que todos creyeran que yo era la persona enferma,
la que inventaba cosas, la que no podía mantener un relato coherente. Me
mentía para que yo dudara de las cosas que me pasaban y el resto de sus
amigos le seguían el juego y la manipulación, distorsionando aún más mi
percepción de la realidad. A un par de amigos que él sabía que me
apoyaban les mandaba amenazas de muerte o mensajes hostiles vía redes
sociales). Hasta hace relativamente poco y debido a los episodios de
violencia y que su madre no me quería ver en su casa —quien a estas
alturas no ocultaba su relación tóxica y edípica con Cristian y su
consiguiente odio hacia mí—, él me manipulaba emocional y sexualmente
para que nos quedáramos en moteles y así poder tener relaciones conmigo.
La última vez que eso ocurrió, Cristian empieza a torturarme: me quemó
el cuerpo con un encendedor, me golpeó todo el cuerpo mientras me
escupía. Al terminar de pegarme, él comienza a cortarse todo el cuerpo
con vidrios y tijeras, mientras exclama que cada corte es culpa mía y
que me echaría la culpa. Hace un mes me vine a vivir con un amigo,
ya con la intención de no verlo más, porque estaba tomando consciencia
de que mi vida era más importante y que Cristian ya estaba más allá de
toda posible acción que pudiera tomar para poder ayudarlo, sin embargo,
él buscó los métodos para llegar al lugar. Un día me espero fuera del
edificio, y bajo amenaza tuve que dejarlo entrar al lugar.
Inmediatamente me encerró en mi pieza. Sin ningún reparo en si había más
gente, mientras la novia de mi amigo estaba en la otra habitación,
inadvertida de lo que estaba pasando, comenzó a golpearme. Mi labio se
reventó, dejando la pared y una almohada con sangre. Me dijo que, si yo
gritaba o daba alguna señal, se suicidaría delante de mí. Esa noche
terminé inconsciente. Al día siguiente le oculté la verdad a mi amigo,
pues aún no había tenido la instancia para contarle toda la verdad sobre
esta historia de violencia que había ocurrido, y todo siguió como si
nada. Una semana después Cristian volvió y yo tenía que salir. Por
suerte, mi amigo logró convencerlo de que me dejara salir y hacerlo
quedarse en el departamento con él. Al día siguiente, mi amigo me
comentó que pasaron la noche tomando vodka, conversando y jugando
videojuegos. Aún sin poder revelarle la verdad, vi cómo Cristian buscaba
invadir mi espacio, tratando de manipular a mi nuevo compañero de
hogar, haciéndose ver como una persona atenta, simpática, cordial, sana.
Sin embargo, al día siguiente, hicimos panqueques y mi amigo notó que
Cristian me trataba de forma humillante y violenta en algo tan básico y
sencillo como no saber hacer correctamente los panqueques. Luego de
cocinar me encierra en mi pieza y me viola. Al irse me exige dinero para
irse a carretear. Los días siguientes, este me amenazaba
constantemente con venir armado al departamento, con mensajes largos,
insistentes, constantes durante todo el día. Luego de entender que en
verdad tenía todo el apoyo de mi amigo, le confesé todo. Él me instó a
alejarme definitivamente de Cristian, que lamentablemente por mucho que
yo desee lo mejor para él, no puedo seguir exponiéndome a la violencia y
al maltrato que me ha dado, porque en última instancia estoy negándome a
mí misma en la esperanza de que pueda mejorar. También me dijo que he
sido una persona sumamente fuerte por sobrellevar toda esta historia,
que si he sobrevivido todo esto ha sido porque he tenido la entereza de
seguir en pie y seguir luchando, y que, ante todo, que no estaba sola:
que él y mis dos amigos que a lo largo de este proceso me han brindado
su apoyo incondicional estarían apoyándome pase lo que pase. El
lunes recién pasado, Cristian me manipuló para que lo fuera a ver a su
universidad, con la excusa de que quería conversar las cosas. Como era
de esperar, me humilló frente a sus compañeros, para luego tenerme
retenida en el baño de la universidad mientras revisaba mis cosas,
amenazándome con seguirme hasta mi casa y golpearme, por lo que tuve que
llamar a mis amigos, quienes vinieron a rescatarme. Cristian, al
verlos, quedó congelado, tiritando, mirando al suelo, muerto de miedo
por la reacción que ellos pudieran tener con él. El último episodio
fue el miércoles, 24 de octubre, en la noche. Me llamó fingiendo estar
afectado. Así, en un último acto de apoyo, acudí a él. Sin embargo, me
humilló y me golpeó. Me salí de control porque ya no estoy dispuesta a
seguir soportando más sus agresiones. Tomé una piedra para que no se
atreviera a golpearme. Lo único que se le ocurrió hacer fue grabarme
para hacerse la victima luego en su casa, donde todos me humillaron y me
trataron de manipuladora, mentirosa, obsesiva y que yo tenía la culpa
de todo, minimizando y bajándole el perfil a sus agresiones. Su familia
lo sabe todo y, aun así, lo defienden. El padrastro de éste me tiró del
brazo hacia la calle. Entré en una de mis peores crisis durante todo
este tiempo, ya entrada la noche. Gracias a una señora que vio cómo se
desenvolvió esta situación decidió socorrerme y me permitió quedarme en
su casa hasta que mis amigos pudieran ir a buscarme. Gracias a eso estoy
a salvo. A continuación, adjunto los datos y fotografías de los abusos de Cristian y de sus conversaciones.